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Rostro en tierra

Se trata de un rostro en tierra que ahora vive, sufre, ama, se enfada, lucha y quizá se halla desolado, desposeído, abandonado, acusado, asechado por la desesperación… Nunca cabría ante los otros, en ningún sentido, una negación que atreva un mal posible. Por el contrario cada rostro en tierra invoca que todo de mí sea un posible no mal. Esto me revela a su vez la situación deudora de mi acción patentizada como un requerimieto. De ahí que a precio de mi justicia y totalización del otro no quepa el juicio que ultima: matar. Así el rostro en tierra es una llamada continua de la manifestación de los otros y, en nuestro caso, una determinación propia ante la barbarie.

Hiroshima*

Agosto de 2007




Mi clamor

 

Cristales incrustados,

piel en ceniza,

lluvia que quema,

calor, sed, confusión.

 

El mundo se desvaneció,

mis amados desaparecieron.

 

La negación absoluta

se hizo clamor en las llamas.

No están, pero no cabe el olvido,

los amo en su clamor silencioso.

 

 

Mi lonchera

 

Okite!

¡Levántate!

dice mamá;

me espera un día más de escuela,

papá ya salió a trabajar,

no sin antes acariciar mi frente.

 

Mi gato maulla,

le sirvo leche fría,

toma un poco,

luego se sienta,

espera que la leche se entibie.

 

Ahora se lame, se lame,

estira las patas,

temo que algún día,

en medio de un estirón,

se le queden tiesas.

Desayuno aprisa,

mientras mi mamá toma té.

 

Tocan la puerta,

mi amiguita ha venido un poco antes,

me cepillo los dientes,

nos vamos: Ittekimasu!

mamá se acerca a la puerta

y con una sonrisa responde:

Itterashai!

 

Todo aquello parece sólo recuerdo...

ante mí una lonchera retorcida y calcinada.

 

Seguro que en ella no llevaba

una arepa con huevo,

tan propia en mis tiempos de mi niñez.

 

Seguro que era su media mañana;

esa que recibió de manos de su madre

justo al salir de casa.

 

Dos niñas entrenadas para refugiarse

en tiempos de guerra y bombardeos.

Nacidas antes de mi duelo,

asesinadas antes de mi gozo.

 

No las abrasó ese sol de mi niñez

que de emoción llenó los paseos de escuela

a charcos y piscinas,

tampoco el verano japonés,

húmedo y caluroso

que apenas bronceó sus rostros.

 

Las atrapó el instante,

la mirada ciega,

de los ignorantes en la guerra,

intentó transformarnos en juguetes extraviados.

 

No somos espectros anónimos,

tenemos voz,

somos verdad exclamada por otros

que nos dicen:

hemos tenido amigos,

cuidado una mascota,

llevado lonchera a la escuela,

y nos hemos despedido de nuestros padres.

 

 

Mi mundo

 

Mi cuerpo no es mi cuerpo,

hilachas de ropa pegadas a mi carne;

mi mundo ya no es mi mundo,

ni siquiera pesadilla,

es cosa innombrable, inimaginable.

 

De repente me digo:

¡Mis hijos!

¡Mi esposa!

 

Regresaré a casa.

No hay casas.

Tal vez yendo por aquí,

tal vez por allí, tal vez...

Quiero ir a algún lugar,

no hay lugares.

 

Quiero preguntar qué debo hacer,

no veo personas,

sólo carne esparcida,

cenizas de no sé qué.

 

Las pocas lágrimas

de mi llanto mudo

queman mi piel;

no me puedo tocar,

soy una cosa en llagas.

 

Veo cuerpos

con movimientos torpes

¿Qué son?

Se les ve el cuerpo por dentro,

sin sangre,

tal vez sus venas se calcinaron.

 

Definitivamente:

su cuerpo dejó de ser su cuerpo,

su mundo dejó de ser su mundo,

en medio de cabilaciones encontradas

agonizó y murió tirado en el asfalto,

entre amasijos de hierro,

viendo moribundos.

 

Mi primer muñeco

 

Este otro, ahora,

es un muerto,

un muñeco,

el primer muerto que veo.

 

La sangre está un poco espesa,

esparcida en la calle mojada:

anticipo de mosquitos.

 

Soy un niño mirón

entre los chismosos que cuchichean:

¿En qué andaba metido?

¡Algo habrá hecho!

¿De cuál pandilla era?

Tan sólo pienso:

¿Cómo pudo torcer los pies así?

¿Dónde está su otro zapato?

 

***


Cada uno asesinado,

cada uno negado.

Alguno se consideró suficientemente justo

y los mató.

*Tomado de Rostro en tierra , pp. 16-21.
©John David Barrientos Rodríguez

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